Reparación por la pérdida de la virginidad

Por Francisco Bubi el 20 junio, 2016 en Costumbres Bubis
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REPARACIÓN POR LA PÉRDIDA DE LA VIRGINIDAD ANTES DEL MATRIMONIO

El Mösamé’anda decía que antiguamente en el Norte de la isla de Bioko, porque en el Sur nunca se hizo uso de algo así, los bubis se valían de un juramento execratorio. Dijo antiguamente porque ahora ya no está en uso. El jefe enviaba a algunos individuos al monte a cazar un venado, no otro animal. Una vez cazado lo presentaban a dicho jefe, quien mandaba abrir al animal en canal y dividirlo en dos mitades iguales. Hecho esto, daba orden de que todo el pueblo se reuniera en la gran plaza (riössa) que todos los poblados bubis solían tener (y tienen). Reunido y convocado todo el poblado en asamblea general, se colocaban los dos pedazos en la entrada de la plaza y exigía al presunto culpable de violar a una muchacha en proceso de matrimonio a que compareciera en público y le ordenaba pasar entre las dos mitades del venado diciendo estas palabras: “Sea yo abierto y partido en trozos como este venado, si en algún tiempo he tocado o conocido a esta muchacha”. La acusada solía estar en medio de la asamblea de pie y enteramente desnuda, y como es creencia general entre ellos que si alguno jura, aunque sea libre de los castigos de los que moran en este mundo, no se librará de los más terribles, atroces y aún de la misma muerte que le darán los barímò de su familia y de la propia muchacha que viven en el otro mundo, de ahí que ninguno que fuera realmente culpable, se atreviera a pasar y menos pronunciar tal juramento. Averiguada la verdad ansiada del estupro, era condenadoel culpable a una pena verdaderamente vergonzosa y propia de los pueblos antiguos.

El Mösamë’anda dijo que ninguna mujer bubi era libre de elegir a su esposo, sino que debía unirse por el designado por su padre legal o por el que hiciera sus veces. Sin embargo había excepciones:

  1. Cuando la mujer quedaba viuda siendo todavía una niña, la cual tal vez ni siquiera conoció de vista a su pretendiente, fuese por permanecer ambos en distintos poblados, fuese porque al morir él, ella no se daba aún cuenta de las cosas y personas.
  2. Acaecía algunas veces, aunque muy raras, que el padre legal de la doncella se negaba a entregarla a nadie por muchos y muy nobles pretendientes que se presentasen, ora para dar a entender que el verdadero padre y dueño de la doncella, vea en su hija alguna cualidad rara que la hacía singular, ora por obedecer humildemente un mandato expreso de algún morador de ultratumba perteneciente a la propia familia, comunicado por el mohiammò, de que tal o cual doncella no debe ser elegida ni entregada a ningún varón, sino dejarla libre para que ella misma eligiera a alguien con quien le pluguiere convivir.

El bubi obedecía [y obedece en su gran mayoría] ciegamente a todas las órdenes o mandatos que le decía [o dice] el mohiammò, procedente del otro mundo, y en obediencia al mismo, sacrificaba todos sus gustos y ambiciones.

La primera quedaba completamente libre por razón de la viudez, por cuanto, aunque el difunto pretendiente no convivió con ella, ni tal vez se conocieron, él, por el hecho de haberla elegido, adquirió sobre ella todos los derechos de esposo y más siendo ley general entre los bubis que ninguna mujer podía tener dos esposos legítimos consecutivos, de ahí que muerto el pretendiente de la doncella, a esta se la considerase como verdadera viuda y como tal forzada a cumplir todas las obligaciones que la ley imponía a las viudas como hacer el mököndò o vestirse de viuda y llevar luto por su difunto esposo todo el tiempo señalado. Pasado el tiempo quedaba dueña y señora de sí misma y de todos sus actos para irse donde quisiera y unirse con el varón que más le agradara, sin que tuviera derecho alguno sobre ella. La única obligación o deber que le quedaba por cumplir era para con la familia de su difunto esposo, a la cual deberá entregar los tres primeros hijos varones o hembras que tuviere de cualquier varón, ora viviera con él maritalmente, ora se uniera con él accidental o transitoriamente.

A la doncella que quedaba viuda siendo niña daban el nombre de Eboámoenya en la parte meridional de la isla.

La segunda, que era la excepción de la regla general, si el no ser entregada a ningún varón en particular dependía de la libérrima voluntad del autor de sus días que tenía sobre ella todos los deberes y derechos, así naturales como legales, muerto este, ella quedaba para siempre en la más completa  libertad.

Si la tal excepción provenía del mandato expreso de algún finado de la familia, como este mandato ordinariamente se extendía más allá de que la doncella no fuera elegida ni entregada a varón alguno contra la propia voluntad o inclinación de la joven, y únicamente prohibía que ningún hombre gozara de poder absoluto y el más mínimo derecho sobre tan privilegiada muchacha, y que esta reconociera otro superior y dueño de ella que no fuera el mismo morimò o finado por cuyo mandato ella se veía libre de la ley y costumbre general; pero no le prohibía ni vedaba que se uniera con el hombre que más le gustase y por quien hubiera sentido siempre mayor propensión o amor, de ahí que esta muchacha fuese naturalmente la más feliz de todas sus semejantes por gozar de entera libertad. Siendo adulta no pesaba sobre ella ninguna obligación ni deber. Ni para su marido, que no la había “elegido” y por lo tanto podía abandonar la casa e irse sin que nadie le pudiera exigir explicaciones.

Los hijos que tuviera eran completamente propios y ni hombre alguno se los podía reclamar. El único que los podría a primera vista reclamar sería el padre que los engendró. Pero teniendo en cuenta la ley y costumbre bubis sobre los derechos naturales y legales del padre sobre el hijo de madre “elegida”, este progenitor carecía de este derecho al no haber “contraído matrimonio con la madre”. Ella carecía del deber de hacer el mököndò, vestir de luto por su difunto esposo, ya que la ley solo obligaba a ello  cuando el difunto cumplía todas las normas de casamiento hacia la esposa. El Mösamë’anda dijo que entre los bubis no se llevaba luto ni por hermanos, ni padres, ni hijos. Solo se llevaba luto exclusivamente por el marido legítimo, aunque algunas mujeres llevaban luto por cariño hacia los difuntos.

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