El matrimonio entre los bubis

Por Francisco Bubi el 20 junio, 2016 en Costumbres Bubis
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EL MATRIMONIO ENTRE LOS BUBIS

Cuenta el Mösámë’anda que los bubis distinguían dos clases de nupcias o casamientos: el ribala ra eötö (ribala rèötö) y el ribala ra rihólè (ribala ra ríhölè) que traducidos literalmente querían decir: casamiento con la novia conservando su virginidad y casamiento por amor mutuo. Parece, a primera vista, que ambos casamientos los deberían considerar como verdaderos y legítimos, y con mayor razón el segundo, pero acontecía lo contrario, que el segundo lo tenían por ilegítimo y sin ningún valor ante la ley consuetudinaria, y el único legítimo y verdadero según su costumbre era el primero, y esto aunque la mujer se juntase con varón a la fuerza o por miedo.

Para la celebración del ribala ra eötö (ribala rèötö), se hacían grandes solemnidades, suntuosos convites y gastos cuantiosos y por la celebración del ribala ra rihólè (ribala ra ríhölè) no se requería ninguna solemnidad, ni gastos de ningún género, sino edificar para la mujer una casita junto a la del marido. En la muerte del esposo por ribala ra eötö (ribala rèötö), la viuda estaba obligada a hacer el mököndo o duelo, y llevar luto riguroso todo el tiempo señalado por la costumbre o ley. Todas las viudas cumplían dicha ley muy religiosamente por temor a que su incumplimiento causara el enojo de su difunto, el cual desde el otro mundo observaba todo lo que hacía su viuda, y en notando que no cumplía sus deberes de viuda para con él, la castigaría con una prematura muerte. En la muerte del esposo por ribala ra rihólè (ribala ra ríhölè), la esposa viuda no tenía ningún deber que cumplir para con su difunto esposo, ya que no era considerada como viuda. Por el ribala rèötö, el varón adquiría sobre la mujer todos los derechos naturales civiles y religiosos de tal manera que la esposa pasaba a ser “propiedad” del marido, a la que podía reclamar siempre y en todas partes, cuando ella se fugara de casa. La ley facultaba al esposo a castigar severamente a su esposa a la menor sospecha de infidelidad, y en el caso de ser cierto y comprobado el adulterio, el esposo exigía de la autoridad pública que se le aplicase con todo rigor la pena a que se condenaba en la ley pública a las adúlteras. Esta pena o castigo consistía en suspender de un árbol a la mujer culpable de adulterio, desnuda enteramente, atada fuertemente de las muñecas a las ramas en forma de cruz, dejando el cuerpo al aire sin arrimo ni apoyo. Para que la pena resultase más ejemplar y los tormentos más vivos y atroces, acostumbraban atar a los pies de la víctima cestos o grandes ollas llenas de piedras.

En esta posición era contemplada fríamente por todo el pueblo reunido en frente del patíbulo, pudiendo cada uno imprecarla, maldecirla y aun apalearla. De este tormento apenas escapaba ninguna con vida. En la actualidad [primeras décadas del siglo XX] ya no está en vigor la aplicación de semejante pena, porque dicen ellos mismos que temen al Gobierno Español, pero yo mismo he alcanzado los tiempos en los cuales estaba en uso. Allá por el mes de diciembre de 1895 encontrábame en la Misión de María Cristina, y en un pueblo distante de allí una hora escasa, llamado Ruiché, fue condenada a la pena de suspensión una infeliz acusada de adulterio. Esta desgraciada permaneció todo el día suspendida del terrible árbol y llegada la noche, el pueblo se retiró tranquilamente a descansar, dejando que la víctima pasase también la noche en el tormento, sin quedarse nadie para hacer guardia. Al verse enteramente sola y defendida por la noche hizo esfuerzos supremos por desasirse del árbol fatal y al cabo de una hora de forcejear, se rompieron las ataduras y se desplomó sin sentido.

Vuelta en si emprendió una precipitada fuga por los bosques y matorrales en dirección a la Misión, a donde arribó ya muy avanzada la noche. Solo al verla hubiera movido a compasión al hombre más frío e insensible. Traía el cuerpo magullado, ambas muñecas con dos grandes llagas, los ojos extraviados con amagos de enajenación mental y se sobresaltaba al menor ruido, creyendo que todavía la perseguían. Le curamos las llagas con cuidado, le dimos algún alimento y la confortamos con un vasito de vino rancio. Pasados tres o cuatro días, la mujer se sintió tranquila y libre de las pesadillas que la molestaban, y ya jamás soñó en volver con los bubis de su poblado. De ahí que el crimen de adulterio antiguamente fuese muy raro entre los bubis, porque en el caso de llegar a ser público ya sabía ciertamente el castigo horrible que le impondrían; y cuando permanecía oculto, estaba en  las creencias de que no lo era para los barimò o manes de la familia del marido, los cuales siempre miran por su bien y celan en honor desde el börimò o región de los espíritus, y estando al tanto de todo lo que sucedía en su familia y teniendo el poder para castigar con la muerte a cualquiera que la injuriase o le causase daño, estimase que ciertamente harán uso de este poder para castigar con la pena de muerte a la adúltera. Según sus supersticiones el crimen del adulterio nunca quedaba impune.

El ribala ra ríhölè o matrimonio por amor, era el contrato entre un hombre cualquiera y una mujer libre sin las solemnidades legales, para vivir maritalmente. Se entendía que un hombre se unía a una mujer libre por el ribala ra ríhölè, cuando el mismo hombre admitía a la mujer en su casa o edificaba para ella una choza junto a las chozas o habitaciones de las otras mujeres propias. Como esta unión era tenida entre ellos por ilegítima y como un mero concubinato, se celebraba sin solemnidades y únicamente se requería el mutuo consentimiento.

La mujer podía adquirir la libertad por tres vías: por repudio, divorcio forzoso y por muerte del esposo. El repudio se verificaba cuando el marido por antipatía, disgusto o el aburrimiento que sentía hacia su esposa, voluntariamente y por su propia autoridad la despedía de su casa.

El divorcio forzoso se realizaba por intimación o mandato expreso de algún mörimò principal de la familia, manifestado por medio del mohiammò a los esposos unidos legalmente, para su separación perpetua y con la amenaza de una muerte cierta de ambos esposos en el caso de no efectuarse el divorcio o la separación de los cónyuges. Como el bubi era tan supersticioso y temía tanto la muerte, aunque ambos esposos se amasen muy tiernamente, se separaban indefectiblemente. Esta era la razón de llamarse esta separación divorcio forzoso.

A la viuda no se le reputaba enteramente libre  hasta terminarse el luto por su difunto esposo, el cual podía ser riguroso, que duraba cuarenta días y de alivio que subsistiese hasta el aniversario de la defunción del esposo. La mujer libre podía unirse con el hombre que más le gustase y el hombre, cualquiera que fuese, gozaba del derecho indisputable de admitir en su compañía a todas las mujeres libres que se le presentasen, no como esposas, sino como concubinas. La ley bubi establecía que la mujer solamente fuese esposa legítima de un hombre y que muerto éste, nadie la podía recibir como verdadera y legítima esposa, que era lo mismo que decir que la viuda no podía casarse de nuevo. De ahí que acontecía muy frecuentemente que un hombre tuviera muchas mujeres con algunas de las cuales estaba unido por ribala rèötö y con otras por ribala ra ríhölè. Es decir que unas eran propias y legítimas y otras meras amigas o concubinas. Sobre las primeras la ley le daba todos los derechos y se los negaba sobre las segundas, y a la vez hasta sobre los hijos que tuviera de ellas. De tal suerte que si la mujer libre no tenía hijos de su legítimo matrimonio y después los llegara a tener de la unión del ribala ra ríhölè, estos hijos no pertenecían al padre que los engendró, sino al hombre que “escogió” o “marcó” a la madre, y en el caso posible de que éste hubiera muerto, como acontecía cuando la mujer era libre por muerte del que la “adquirió virgen”, los hijos pertenecían a su familia. De ahí que entre los bubis existieran dos clases de paternidad: una natural y otra legal. Si una criatura nacía en el país de donde era natural el hombre que “adquirió” a la madre (casamiento por virginidad), éste era la patria natural y legal y aquí deberá vivir y morir. Si un hombre que engendraba a la criatura, no “adquirió” a la madre, era el padre legal. El padre natural, en este caso, no tenía ninguna obligación ni derecho sobre los hijos naturales y la misma ley le negaba el derecho a la patria potestad; todos los derechos los gozaba el padre legal o sus legítimos herederos en su defecto.

La patria natural era el lugar de nacimiento y la patria legal era la propia patria del padre legal. Si nacía una criatura en Bökókó, por ejemplo, pero la patria propia del hombre que “adquirió” a su madre era Batete, esta criatura pertenecería a Batete y no a Bökókó, y entre ellos nunca sería ni le llamarían mökókó, sino que siempre y en todas partes se le tendría por mötété. A esta criatura, en llegando a la edad adulta, la ley la obligaba a abandonar Bökókó, su patria natural, y trasladarse a Batete, su patria legal. Aquí debería casarse y formar familia para toda la vida, y si por casualidad moría en otra parte, no muy lejana, aquí estaría el lugar de su sepultura. Entre los familiares, como hermanos, primos, tíos, sobrinos, etc., era más fuerte y estrecho el parentesco legal que el natural.

Se permitían las uniones matrimoniales entre tíos y sobrinas, primos y primas y aun hermanos y hermanas. Entre estos últimos estaban permitidas estas uniones cuando eran hermanos de padre solamente, pero debían ser hijos de diferente madre. Si eran hermanos ambos de padre y madre y aún de madre solamente, la ley no permitía semejantes uniones, sino que los reprobaba y lo castigaba. También veda la misma ley que un varón tenga por esposa a dos hermanas carnales. De ahí la razón por la que el centenario mötyúkude Bökókó  y gran celador de las leyes y costumbres bubis llamado Löbari, trató de castigar muy severamente en 1896 a uno de los principales bubis de Batete, nombre MeileLöoba, como quebrantador de la ley, pues tenía por esposas dos hermanas carnales nacidas en Bökókó.

Dijimos en un principio que la costumbre exigía que la familia del futuro esposo, antes de admitir en su casa a su futura esposa cuando esta fuera virgen o eötö, fuese inspeccionada con el fin de cerciorarse de si conservaba intacta la hermosa flor de la virginidad, o al revés si fue ya desflorada. En el caso de que guardara todavía fresca tan inestimable prenda, se tributaría a la muchacha los honores que se merecía, felicitándola y alabándola muy cordial y sinceramente. Mas en el caso contrario, cuando de la inspección resultase que fue estuprada voluntaria o involuntariamente, quedaba ante el público en extremo deshonrada y todos se levantaban contra ella con insultos, vituperios y maldiciones. Porque si lo fue voluntariamente se le insultaba y maldecía por su ánimo criminal y propósito injusto de ofender y deshonrar a su futuro esposo y a la propia familia, y si lo fue violentamente por no haber descubierto a su debido tiempo o en seguida al autor del brutal atropello.

Acontecía a veces que la muchacha protestaba de su inocencia y de la calumnia que le levantaban y juraba y perjuraba que jamás había sido violada por nadie; entonces le daban tormento para que a la fuerza se le pudiera arrancar alguna confesión, que es lo que se pretendía. El tormento consistía en rodear ambas muñecas de la presunta criminal con un cordel muy fuerte y delgado el cual terminaba en dos cabos y de cada uno de ellos tira un hombre. Al principio con suavidad, mas si la mujer perseveraba contumaz y seguía protestando de su inocencia, entonces tiraban de las cuerdas con todas las fuerzas, luego el cordel rompía la piel y penetraba en las carnes con agudísimos dolores, no obstante los hombres no desistían de su empeño hasta que la muchacha terminaba por confesar el crimen y declaraba sus cómplices. Hecha esta confesión, se daba parte al jefe principal del distrito, el cual llamaba en seguida a presunto cómplice y le preguntaba si era verdad lo que había confesado la muchacha contra él. Si la contestación era afirmativa, le obligaban a restituir todos los géneros que su verdadero pretendiente o futuro esposo dio por el casamiento de la muchacha; si el cómplice carecía de bienes para restituir, se obligaba a su familia a pagarlo solidariamente. De nuevo el jefe preguntaba al pretendiente de la muchacha si aunque desflorada la quería todavía por esposa, si el varón pretendiente respondía que la quería, entonces el jefe se quedaba con todos los géneros restituidos por el cómplice, y el esposo se llevaba a la muchacha a su casa. Si el esposo se negaba a admitir en su casa a la muchacha estuprada, se daba algo al jefe por el trabajo, pero la restitución se hacía al esposo ultrajado y la muchacha se quedaba en casa de sus padres o de los que hacían sus veces.

Acontecía que la confesión de la muchacha resultaba calumniosa por tener algún interés en ocultar a su verdadero cómplice y declaraba culpable de su crimen a un miserable inocente e ignorante de todo, o delatando a su verdadero cómplice, e incluía a algún muchacho muy ajeno de estas cosas, únicamente porque le tenía odio y le quería mal. De esto yo mismo fui testigo en cierto poblado del Norte. Se inspeccionó a una niña y resultó ser corrompida, lo negó ella pero tras la tortura declaró a dos muchachos como cómplices suyos. Estos se defendieron muy bien, aunque uno mejor que el otro en la pública asamblea del pueblo. Pasados algunos años topé con la predicha niña ya cristiana y que hablaba español; le pregunté si los dos muchachos a quienes declaró cómplices lo eran  y me respondió, fulano, llamándole por su nombre lo fue ciertamente, pero zutano no lo fue, sino que tuve interés en calumniarle  porque yo deseaba casarme con él y me desdeñó. De ahí que ordinariamente los muchachos negasen la complicidad y manifestasen que la acusada les tenía mala voluntad.

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