La fiesta nupcial

Por Francisco Bubi el 20 junio, 2016 en Costumbres Bubis
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LA FIESTA NUPCIAL EN LOS BUBIS

Como ya dijo el Mösámë’anda, al ser entregada una doncella para su enlace matrimonial es llevada por sus padres a una pequeña choza levantada junto a la de su futuro esposo, a la que dan el nombre de bula o buna. Aquí vivirá recluida por más o menos tiempo según los diferentes distritos de la isla; pues mientras en los meridionales (Sur) su reclusión forzosa es de una o dos semanas, en los septentrionales (Norte) dura de uno a dos años. En este encerramiento, una de las ocupaciones de la novia consiste en tejer con fibras extraídas de la palma, cestillas y ciertos adornos y pulseras para los brazos y piernas. Son los denominados bipá y bësörí  o tösörí. Para fabricar los bipá, la novia engarza tyíbö o lökó (son trocitos de los mariscos llamados bilölá). La novia también se dedica al adorno diario de su propia persona para mostrarse a su esposo más hermosa, agraciada y seductora. Este le hace frecuentes visitas y de ahí, sobre todo en el norte, que al celebrase las ceremonias públicas y legales de la boda, la novia esté embarazada.

Mientras la esposa permanece en su retiro el esposo se ocupa en disponer y preparar lo necesario para la boda, que en lo antiguo se reducía a adquirir gran cantidad de ñames y malangas, muchísima carne de caza y de otros animales domesticados, como carneros y cabras y en hacer gran provisión de vino de palma que era la única bebida fermentada que en aquellos felices tiempos tomaban. En los tiempos actuales las bodas de los bubis no son tan modestas e inocentes y resultan relativamente caras, por la sencilla razón de que ahora lo han de comprar todo, tanto los géneros para la petición de manos, como para la solemnidad exterior de las bodas.

Cambiadas las circunstancias, hoy día relegan al olvido el vino de palma, su exquisito ba’u o ma’u singularmente en el norte de la isla, y trabajan con mucho tesón por la adquisición de grandes barriles de vino y muchas cajas de coñac y cerveza.

Hechos los preparativos, los prohombres de ambas familias y de común acuerdo designan el día en el que ha de celebrarse la boda  y qué personas han de ser convidadas a la fiesta de una forma más particular, cuáles de los baetyi o amigos más íntimos de ambas familias han de ser elegidos para testigos del acto. Aunque se determine por consejo de familia que personas, en particular forasteras hayan de ser singularmente invitadas, sin embargo todos los vecinos del pueblo tienen derecho a asistir, sin ser invitados, a las fiestas o solemnidades exteriores, pues las bodas de los bubis se consideraban de común y universal alegría y regocijo de todo el poblado en general.

Llegado el día señalado, el novio acompañado de sus baetyi o íntimos amigos, que son siempre un hombre y una mujer y que serán sus padrinos de matrimonio, va a sacar a su mujer o su novia de la bula, buna o casa de reclusión y todos juntos se presentan en la asamblea general. La persona  principal y autorizada de la asamblea hace a la esposa en particular serias reflexiones sobre las gravísimas obligaciones que contrae con acto tan solemne y los castigos rigorismos que le impondrán si en algún tiempo llega a faltar a sus compromisos, singularmente si violase la fe y lealtad a su esposo. Concluido este razonamiento pregunta a los desposados si estarán contentos y conformes en convivir juntos para siempre. La respuesta por parte de la esposa ha de ser necesariamente afirmativa, aunque allá en sus adentros sienta antipatía y aún deteste a su esposo. Están allí de antemano preparados ñames o malangas cocidos y condimentados con la hierba na’u o bökötyí, cinco cabezas de diversas especies de animales y algunas calabazas de vino de palma. El presidente de la asamblea obliga a tomar a los nuevos desposados y a sus padrinos o testigos un bocado de ñames o malangas, de las verduras na’u o bökötyí, de cada una de las cinco cabezas de cinco especies diferentes de animales y luego tomando una calabacita, que llaman sitó’o, llena de ba’u o ma’u un trago del vino de palma contenido en la misma. Acto seguido pone la mano derecha sobre la cabeza de los contrayentes pronunciando algunas frases de bendición sobre los desposados y deseándoles toda suerte de felicidades y ante todo una prole numerosísima.

Terminadas estas ceremonias más íntimas se disuelve la asamblea y la novia, acompañada por su madrina, se retira para ponerse sus mejores adornos y galas. Estas se reducían a pintarse todo el cuerpo con la pomada ntola o ndola que da un color rojo vivo, describiendo en el mismo diferentes figuras con una tierra blanquecina llamada böa o möa, a llenar todo el cuello de grandes sartas de toda clase de abalorios, rodeando su cintura desnuda con un ancho cinturón tejido con lökó y con otros abalorios de diversos colores, del cual pendía un pequeño delantal, de piel de mono para ocultar [sus vergüenzas], quedando desnuda la parte de las nalgas. Las piernas y los brazos con bësörí o mësörí y tejidos como el cinturón que le rodea la cintura, del cuello penden sobre el pecho una infinidad de largas sartas y trenzas de abalorios, dejando los pechos al descubierto. El tocado y adorno de la cabeza consiste en llevar el cabello levantado medianamente cortado, muy impregnado de ndola y sujetándolo con una cinta de pequeños abalorios que se cubre con un sombrerete de piel de mono o un casquete tejido de mariscos. Actualmente la sarta de abalorios suele llevar monedas de plata agujereadas, la abundancia de las mismas es signo de la riqueza de los desposados. Anteriormente como carecían de monedas de plata, llevaban tiritas de piel de una culebra de vivos colores.

Mientras la novia se está adornando el pueblo se coloca en las afueras por grupos de familia y a cada uno se les reparten cestos llenos de ñames o malanga, ollas conteniendo grandes tajadas de carne metida en aceite de palma y enormes calabazas llenas de ba’u o ma’u. En medio de la plazuela colocan un sitial de preferencia del cual ponen una calabaza con vino de palma u otro licor y este sitio es el que ha de ocupar la novia.

Dispuesto todo el pueblo ansioso de que aparezca la novia, para poder empezar a disfrutar de las viandas, se introducen algunas doncellas cantando y bailando en la casa en busca de la novia. Esta, acompañada de las mismas doncellas y su madrina, aparece ante el público toda hermosa y engalanada y todo el pueblo la aclama y ovaciona, llamándola hermosa, feliz y bienaventurada, luego da algunas vueltas  alrededor de la plaza cantando y bailando con la madrina y amigas de la infancia y va a sentarse en el sitio de preferencia destinado para ella.

Sentada ya la novia, sus padres o los que en su defecto hacen sus veces, salen en medio del corro y dirigiéndose a la nueva desposada le hacen delante de todo el pueblo reunido las mismas exhortaciones, dan idénticos avisos y la amenazan con iguales castigos que le hizo el presidente de la asamblea de ambas familia en el acto solemne de dar consentimiento matrimonial. Luego van pasando todos delante de ella, dándole la enhorabuena, felicitándola por tanta dicha y deseándole en su nuevo estado toda suerte de prosperidades y ella asiente con una sonrisa y una inclinación de cabeza.

Concluido lo dicho, dan comienzo al banquete ya preparado, dando cuenta de los ñames, carnes y vino que antes habían devorado con los ojos. Sigue inmediatamente el gran baile, que el primer día de la fiesta acostumbra a durar casi sin intervalos desde la puesta del sol hasta la salida del día siguiente. Para evitar el cansancio que causa el baile y conservar sus fuerzas, el calor y el entusiasmo, de cuando en cando van repartiendo a cada uno de los presentes vasos grandes de licor. Las fiestas de las bodas solían durar de ocho a quince días en proporción al poder y riqueza de los contrayentes, mas la mayor solemnidad no pasaba de tres, terminados los cuales la gente no muy íntima a los desposados, se vuelve a sus casas y a los quehaceres ordinarios.  Cuando la mayor parte de los asistentes se han retirado a sus casas o pueblos, entonces la novia con su cortejo de madrina y doncellas amigas, todas con trajes y adornos  salen a recorrer los barrios del pueblo o los diferentes pueblos del distrito, parándose en los lugares céntricos y delante de las casas de las familias principales del poblado. Allí suelen bailar y entonar cantares alusivos a sus familias o moradores del poblado. Acabado el baile y los cantos, la familia delante de cuya casa han cantado felicita de nuevo a la novia, le da mil parabienes y le hace un pequeño regalo. La novia corresponde de muestras de agradecimiento, dando vivas  todas sus compañeras a la familia donante y una de ellas que lleva en la cabeza una calabaza muy adornada llena de licor, la ofrece al principal de la casa para que guste el delicioso licor.

En el año 1919, el Mosámë’anda se hallaba en un poblado bubi perteneciente al norte de la isla y en el cual se celebraba un matrimonio. Asistió a la boda y estuvo observando hasta muy avanzada la noche todos los ritos y ceremonias fielmente y con religiosidad practicadas por los bubis. Pasados tres días cabales y serían las nueve de la mañana cuando vio que venía hacia la casa donde se hospedaba el Mösámë’anda, la novia y todo su cortejo de amigas vestidas y engalanadas con sus mejores joyas y sin otro saludo comenzaron a bailar delante la puerta de la casa y entonar los siguientes cantares:

          B U B I                                            E S P A Ñ O L

1º È Pateri sílo ké sitó’o sáó                                  Padre esta calabacita

 Sòkí só böatta                                           Tiene su historia

 Öbo ö pa’a bò tö’ólla                               Que Vd. puede contar

 Ë tyòtyi wëla épanyá                                 En la iglesia española

2º Ë sibéló ná tö la púlë                             Al bajar de la nave nosotros

    Sitímá wëla                                            El extranjero oirá

Lë ibátyo biáó li kottò                               Y perfectamente advertirá

Lë oháó ó böriba                                       Nuestros aplausos y alborozo

Terminado el baile y los cantares, la novia y sus amigas dirigieron una mirada expresiva al Mösámë’anda, quien comprendió lo que deseaban, por lo que les dio algunas monedas de plata. Ellas dieron tres atronadoras vivas y le ofrecieron al instante la calabaza para que gustase de su contenido. Muy satisfechas se fueron alegres a bailar y cantar a otra casa.

Por lo que antecede se ve claramente que todas las fiestas de casamiento bubi no tiene otro objeto que advertir a la desposada sus obligaciones y al propio tiempo ensalzarla y darle el parabién por haber sabido conservar su virginidad y presentarla como modelo de fidelidad a su esposo y a las generaciones venideras.

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